sábado, 25 de julio de 2015

CRÓNICA DEL PIOJO RESUCITADO

 
Existe una convicción generalizada entre quienes manejan o viven de manejar la cosa pública que los hace sentir como si fueran algún tipo de prócer de lo burocrático, que los reviste de una mística y un engreímiento superlativo.
 
   Así como Cristina Kirchner afirmó una vez ser una presidenta exitosa y por ende merecedora del relato heróico y autoproclamado que la envuelve, hay en toda las ramas de la administración pública quienes se sienten igualmente especiales sin serlo. Pero no hablamos aquí del empleado público de carrera, ese que atiende la mesa de entrada de algún ministerio, el cobra una multa o contesta nuestros reclamos; sino del burócrata político, aquel que llega de la mano de algún puntero o dirigente político, que es nombrado en un cargo de poca, nula o media importancia que lo coloca de la mitad para arriba del escalafón sin tener carrera ni merecimiento para eso y que cuando puede se enquista en ese organismo o sea logra el pase a planta permanente sobreviviendo al período de quien lo llevó allí. Son estos personajes quienes suelen hacer gala de méritos que no poseen cada vez que pueden.

Hay muchos ámbitos estatales colonizados por estos parásitos de la política, aunque son especialmente prolíficos en ministerios nacionales, legislaturas provinciales y en el Congreso de la Nación, en este último sitio se verifican casos incontables. Hay decenas de personas nombradas por los distintos legisladores que por allí pasaron que se mantienen adheridos a sus nombramientos cuales hiedras venenosas a la enredadera, conformando una suerte de capas geológicas del nombramiento público. Asi de la etapa nacional del kirchnerismo, el Congreso de la Nación tendrá sus eras correspondientes: la era de Eduardo Fellner, la de Julián Dominguez o la de Amado Boudou en el senado; así como en el menemismo hubo la calamitosa era de Pierri; todos dirigentes que dejaron sus \\\\\\\"capas geológicas\\\\\\\" de ñoquis y acomodados. Es un clásico que en los pasillos conspirativos del palacio legislativo todos coincidan en que si todos quienes cobran un sueldo se presentaran a trabajar se necesitarían, al menos, cuatro o cinco congresos para que entren.

   Pero volviendo al eje central de esta nota, que no son los ñoquis, es impactante ver como cada uno de estos "nombrados" se sienten personajes superiores al resto y de una calidad profesional que no poseen. El manejo de la cosa pública cuando es ejercida por políticos profesionales o sus cuerpos técnicos debería constar de dos ejes importantes: la vocación de servicio y la idoneidad para el cargo. Idoneidad significa ser capaz de llevar adelante con eficiencia la tarea que tiene a su cargo y vocación de servicio porque seguramente en el estado debería ganar menos de lo que su reconocida capacidad profesional le permitiría ganar en el ámbito privado. Así contadores y abogados, por caso, en virtud de servir a su país resignarían por un tiempo algo de sus merecidas y cuantiosas ganancias en lo privado, para dedicar su tiempo y saber al ejercicio de la cosa pública. Algo como lo que hace Miguel Galuccio, el ceo de YPF, que es un reconocido ejecutivo de la industria petrolera mundial, resignó los dos o tres millones de dólares anuales que ganaba para hacerse cargo de la petrolera estatal. Por desgracia no es lo que sucede en general.

  El estado tiene, en especial el Congreso, cientos de abogados que jamás ejercieron en la actividad privada o lo hicieron sin éxito y que no comerían sin el sueldito oficial. Personajes que se ufanan de ser los "galuccios" del derecho pero que si vivieran de su bufete no podrían ni pagar la luz o las expensas, personas que se venden como los belgranos o sanmartines de la modernidad pero cuyo patriotismo no les alcanza ni los califica ni siquiera como el ilustre soldado desconocido. Se dicen próceres, se vanaglorian de su talento profesional; pero viven de un sueldo excelente que casi nunca merecen y que jamás podrían ganar en la actividad privada, si tuvieran el valor y la decencia de dedicarse a ese ámbito.

    Presuntos grandes señores cuyo único mérito es haber logrado un padrino que los ingrese al circuito oficial y después haber sabido maniobrar para mantenerse allí, pero nada más. Profesionales mediocres que no podrían sobrevivir y menos sobresalir en el mundo real del ejercicio del derecho, lo contable o cualquier otra actividad profesional. Tipejos que ostentan su título como el ladrón su pistola, como una suerte de escudo que esconde su mediocridad, ambición y vileza. Personajes menores que dicen estar sirviendo a la Nación al brindarle su capacidad y talento, pero que en realidad se sirven de ella, le cobran caro por capacidades que no tienen o son menores. Hombres y mujeres innecesarios, sobre remunerados y multiplicados como la plaga que realmente son.

    Estas personas son quienes día a día, mes a mes y año tras año; le roban al estado un sueldo que no merecen por talentos que no tienen en tareas que muchas veces ni siquiera hacen o no son significativas, al menos para el grueso de la población. Ellos son parte de la lacra que Argentina deberá extirpar de sus entrañas si alguna vez queremos salir de perdedores, dejar atrás la mediocridad y ascender a la A. No basta con tener, alguna vez, un presidente honesto si mantenemos este entramado burocrático-político infectado de mediocres, vagos y prescindibles sanguijuelas estatales. ¿No les parece?.

Osvaldo IGounet
copyrigth 2015
 
 

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