miércoles, 18 de diciembre de 2013

Mis ficciones, texto 5: BAHÍA DESCANSO



  Me siento sobre la arena, recojo mis rodillas y apoyo mi mentón sobre ellas, estoy cómodo. Frente a mí: el mar, con todo su poderío, me muestra su magnificencia sin límite. No puedo evitar sentir un poco de miedo. Sin embargo no me muevo, permanezco allí clavado en la playa, quieto, pero con esporádicos temblores producto de, ¿temor?.    Sí, es un espectáculo bello y atrapante, me asusta y gratifica. Me quiero ir y me quiero quedar y como siempre me sucede, la hermosura de lo que veo puede más que mi temor y opto por quedarme. La marejada no es muy fuerte, las aguas están casi tranquilas, aunque nunca se sabe, con el mar siempre hay que estar atento, él infunde respeto y lo sabe.

  La noche es cálida y apacible, el viento apenas si mece la copa de los pinos, allá, en la cima de los médanos. No hay luna, todo está oscuro; salvo por la plateada espuma de las olas al romper, que causan un hermoso reflejo en la negrura de la noche. No sé si me asusta más el estruendo de la rompiente, la enormidad del mar o el negro total del horizonte, que pareciera querer tragarme. Pero no me voy, hace años que vengo a sentarme aquí antes del amanecer; con miedo y con placer.

  La marea está subiendo, el agua ya toca mis pies, sigo quieto y me mojo. Enciendo un cigarrillo y la brasa ilumina la nada mientras pequeñas gotas saladas recorren mis mejillas, estoy llorando, y me siento inmensamente feliz, al punto que ni yo mismo entiendo como puedo serlo tanto.

Cuanta más felicidad siento más lágrimas corren por mi rostro, soy tan dichoso que me duele. Y me pregunto ¿puede el mundo soportar que alguien sea tan feliz?.¿Es justo que asì sea?. De todas formas no lo puedo ni lo quiero evitar.

  Pienso en Alfonsina, como siempre. Habrá sentido ella alguna vez estas sensaciones ante el regalo de ver al mar, por qué se sumergió en sus heladas aguas. Por un desengaño amoroso como dicen todos o sólo para recorrer sus entrañas, el interior de su amado coloso de agua y sal. El viento sopla màs fuerte y consume mi cigarrillo más rápido, apago la colilla y como si esa fuera una señal secreta se desata la tormenta, me olvido de Alfonsina. Las aguas me envuelven por completo y siento que me abrazan, me recorren y me besan todo el cuerpo; ensayo una breve resistencia y luego dejo al mar hacer.

  Como todas las noches las aguas me sumergen en ellas, mientras los truenos y los relámpagos hieren a la oscuridad y al silencio. El mar ruge, grita y se queja pero no me suelta; hasta que de repente parece amainar el temporal y entonces aprovecho a nadar hasta el fondo del océano para dar mi estocada final, la puntada triunfal. Neptuno parece enojarse y ordena a las aguas que vuelvan sobre mì, ejerciendo su embrujo agradable y dulzòn; tengo en mis labios el sabor del mar interior, el gusto de su íntima húmedad. El combate se reanuda  y prolonga por un rato, una lucha erótica y jadeante; febril y alocada que parece que nunca terminará.

  El final se aproxima, lo puedo percibir. A lo lejos una ola gigantesca comienza a crecer allende el horizonte, cada metro que avanza su potencia y su tamaño aumenta como si autoalimentara. Viene derecho al lugar donde el mar y yo luchamos abrazados, cansados y exitados. Se viene, se viene y nos supera para romper en la playa donde yo estaba hasta hace un rato con fuerza inusitada, con un grito, su grito, que hace estremecer a todo lo que allí había.
 
       Todo acabò, la calma volviò a reinar, las aguas se aquietaron y yo logro nadar hasta la playa, rendido y fatigado, totalmente empapado. Milagrosamente los cigarrillos estàn secos, asi que me siento sobre la arena y enciendo uno. Me coloco en la posición original. Todo vuelve como estaba antes, como si nada hubiera sucedido.

  Yo me siento aún más feliz que antes, como me ocurre siempre, luego de capear cada temporal y de enfrentar cada tormenta. A mi lado la mujer que amo me sigue mirando con sus enormes ojos verdes, salados y profundos como el agua del mar; ella tambièn està cansada y me sonrie. La abrazo, me acuesto y empiezo a dormir.


Osvaldo G. Igounetcopyrigth 1994 - Nuevos Cuentos (Antología)
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